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Parásitos intestinales en perros y gatos: síntomas, contagio y desparasitación

Perro y gato durante una revisión en una clínica veterinaria

Los parásitos intestinales en perros y gatos son un problema frecuente que puede afectar a animales de cualquier edad y estilo de vida. Algunos provocan síntomas digestivos evidentes, mientras que otros pueden permanecer durante bastante tiempo sin producir signos apreciables.

 

Además, determinados parásitos tienen potencial zoonósico, lo que significa que pueden afectar también a las personas. Por ello, la prevención no solo protege la salud de perros y gatos, sino también la de las familias con las que conviven.

La desparasitación forma parte de la medicina veterinaria preventiva durante todo el año. No existe una única frecuencia adecuada para todos los animales: las recomendaciones actuales tienen en cuenta la edad, si el animal sale al exterior, caza, come carne cruda, convive con otros animales, viaja o comparte hogar con niños pequeños o personas inmunodeprimidas. ESCCAP recomienda precisamente establecer el control antiparasitario en función del riesgo individual.

¿Qué son los parásitos intestinales?

Los parásitos intestinales son organismos capaces de vivir en el aparato digestivo del animal obteniendo de él los recursos necesarios para completar total o parcialmente su ciclo biológico.

No todos son «gusanos».

Entre los helmintos o vermes encontramos diferentes grupos de gusanos. Los nematodos son gusanos redondos e incluyen especies como Toxocara, anquilostomas o Trichuris vulpis en el perro. Los cestodos son gusanos planos o tenias, entre los que se encuentran Dipylidium caninum, diferentes especies de Taenia y Echinococcus. ESCCAP contempla además otros helmintos capaces de parasitar perros y gatos en Europa.

A ellos hay que añadir protozoos intestinales, organismos unicelulares que no son gusanos. Entre los más conocidos se encuentran Giardia duodenalis y diferentes especies de Cystoisospora, además de otros protozoos con distinta importancia clínica y epidemiológica.

Esta distinción es importante porque no todos los parásitos se diagnostican, previenen o tratan de la misma manera.

¿Cómo se contagian perros y gatos de parásitos intestinales?

Las vías de transmisión dependen de cada parásito y son más variadas de lo que puede parecer.

Perros y gatos pueden ingerir huevos, larvas, quistes u ooquistes presentes en suelo, agua, alimentos, heces o ambientes contaminados. La infección también puede producirse al cazar o ingerir roedores y otras presas, o al consumir carne o vísceras crudas que contienen formas infectantes de determinados parásitos.

Algunas tenias utilizan además hospedadores intermediarios. Es el caso de Dipylidium caninum: perros y gatos pueden infectarse cuando ingieren una pulga infectada mientras se lamen o se acicalan.

En determinados parásitos también existe transmisión de la madre a las crías. Toxocara canis, por ejemplo, puede transmitirse a los cachorros durante la gestación y posteriormente a través de la leche, mientras que Toxocara cati puede transmitirse a los gatitos durante la lactación. Las guías actuales de ESCCAP tienen precisamente en cuenta estas vías de infección al establecer pautas específicas para cachorros, gatitos y hembras reproductoras.

Por tanto, el simple hecho de que una mascota viva dentro de casa no permite afirmar que el riesgo sea cero, aunque un animal estrictamente de interior puede presentar un riesgo mucho menor que otro que caza, deambula libremente o consume carne cruda.

¿Puede un perro o gato tener parásitos sin síntomas?

Sí, y es una de las razones por las que el control veterinario resulta importante.

Muchas parasitosis pueden ser subclínicas, especialmente cuando la carga parasitaria es reducida y el animal es adulto y se encuentra en buen estado de salud.

Los signos dependen del tipo de parásito, de la cantidad presente, de la edad y de la situación inmunitaria y sanitaria del animal. En cachorros, gatitos o animales debilitados, una infección puede tener consecuencias más importantes.

Esto corrige uno de los enfoques del borrador original: no debemos esperar necesariamente a que aparezcan síntomas para considerar que existe riesgo de parasitosis.

Síntomas de parásitos intestinales en perros y gatos

Cuando aparecen signos clínicos, pueden observarse diarrea, vómitos, pérdida de peso, alteraciones del apetito, abdomen distendido, heces anormales, mal estado general del pelo, apatía o menor crecimiento en animales jóvenes.

Algunos parásitos producen manifestaciones más específicas. Una infestación importante por determinados anquilostomas puede provocar pérdida de sangre y anemia, mientras que algunas tenias pueden hacer visibles pequeños segmentos en las heces o alrededor del ano.

Gato atigrado en una instalación veterinaria

En cachorros con una carga elevada de Toxocara puede observarse el característico abdomen abultado y, en situaciones muy graves, una gran cantidad de vermes puede incluso ocasionar una obstrucción intestinal.

La presencia de diarrea o vómitos tampoco demuestra por sí sola que haya parásitos, ya que existen numerosas enfermedades digestivas capaces de producir síntomas similares.

¿Cómo se diagnostican los parásitos intestinales?

Una de las principales herramientas es el análisis de las heces o análisis coprológico.

Dependiendo del parásito que se sospeche, el veterinario puede emplear técnicas de flotación, microscopía, detección de antígenos u otras pruebas específicas. En determinados casos también puede recurrirse a técnicas moleculares como la PCR.

Recipiente para recogida de una muestra de heces para análisis coprológico

Un detalle importante es que una única muestra negativa no siempre permite descartar una infección. Algunos parásitos no eliminan huevos, quistes u otras formas de manera constante.

En el caso de Giardia, por ejemplo, ESCCAP recomienda examinar tres muestras obtenidas durante un periodo de tres a cinco días para aumentar las posibilidades de detección debido a la excreción fluctuante de quistes. También existen pruebas que detectan coproantígenos.

¿Cada cuánto hay que desparasitar a un perro o gato?

Aquí hay una de las correcciones más importantes respecto al texto original.

No existe una frecuencia universal de una desparasitación cada tres meses válida para todos los perros y gatos.

Las recomendaciones actuales de ESCCAP establecen diferentes grupos según el riesgo.

Un perro con un estilo de vida de riesgo muy bajo puede recibir tratamiento frente a determinados vermes o realizar controles coprológicos una o dos veces al año. En otros perfiles se recomiendan cuatro controles o tratamientos al año, mientras que animales que cazan, comen presas, consumen carne cruda o presentan otros factores pueden necesitar entre cuatro y doce actuaciones anuales, dependiendo del parásito y del riesgo concreto.

En gatos ocurre algo similar. Un gato estrictamente de interior y con escaso riesgo puede situarse en un grupo de una o dos intervenciones o controles anuales, mientras que aquellos con acceso libre al exterior y posibilidad de cazar pueden necesitar controles o tratamientos mucho más frecuentes.

Si no es posible determinar adecuadamente el riesgo individual, ESCCAP recomienda examinar las heces o desparasitar al menos cuatro veces al año. La propia guía advierte además de que administrar un antiparasitario automáticamente cada tres meses no garantiza que se eviten las infecciones patentes.

Por eso, en lugar de seguir un calendario genérico, la pauta debe establecerse con el veterinario.

¿Cuándo se desparasita por primera vez a cachorros y gatitos?

Cachorros y gatitos requieren un protocolo diferente al de los adultos porque determinados parásitos pueden transmitirse desde sus madres y porque los animales jóvenes son especialmente vulnerables.

Según las recomendaciones actuales de ESCCAP, los cachorros de perro deben comenzar la desparasitación frente a ascáridos a las dos semanas de vida, repitiéndola cada 14 días hasta dos semanas después del destete y continuando posteriormente con tratamientos mensuales hasta los seis meses.

En los gatitos, la primera desparasitación se inicia a las tres semanas de edad, se repite cada dos semanas hasta el destete y posteriormente de forma mensual hasta los seis meses.

¿Cómo se tratan los parásitos intestinales?

El tratamiento depende de qué parásito está presente, de la especie y edad del animal, su peso, estado de salud y otros factores individuales.

Perro y gato durante una revisión en una clínica veterinaria

No todos los antiparasitarios son eficaces frente a todos los helmintos y los tratamientos utilizados frente a protozoos como Giardia tampoco son necesariamente los mismos que los destinados a nematodos o cestodos.

Nunca debe utilizarse en un gato un producto destinado exclusivamente a perros ni administrarse un medicamento antiparasitario sin respetar las indicaciones veterinarias y del fabricante.

Es importante recordar que desparasitar frente a gusanos no significa tratar automáticamente cualquier parásito intestinal. Los protozoos, como Giardia o Cystoisospora, tienen ciclos biológicos distintos y pueden requerir pruebas diagnósticas y tratamientos específicos. Por ello, ante síntomas digestivos o sospecha de parasitosis no debe asumirse que cualquier antiparasitario de amplio espectro será eficaz.

¿Los parásitos intestinales pueden contagiarse a las personas?

Algunos sí, pero no todos.

Determinados parásitos de perros y gatos tienen importancia zoonósica. Toxocara es uno de los ejemplos más relevantes: las personas pueden ingerir accidentalmente huevos infectantes presentes en un ambiente contaminado y las larvas pueden migrar posteriormente por diferentes tejidos.

También existen anquilostomas con potencial zoonósico y determinadas especies de Echinococcus poseen una especial importancia para la salud pública.

En otros casos el riesgo es diferente o más complejo. Con Giardia, por ejemplo, existen diferentes genotipos y no todas las infecciones detectadas en perros o gatos implican el mismo potencial de transmisión a seres humanos. Cuando resulta necesario valorar ese riesgo pueden emplearse técnicas de genotipado.

Cómo reducir el riesgo de parásitos intestinales

La prevención combina el control veterinario con medidas bastante sencillas en casa y durante los paseos: recoger las heces con rapidez, lavarse las manos después de manipularlas, mantener limpios areneros y zonas utilizadas por los animales, controlar las pulgas, evitar que perros y gatos ingieran cadáveres o presas cuando sea posible, extremar las precauciones con dietas crudas y evitar el acceso a agua potencialmente contaminada.

La retirada periódica de las heces es especialmente importante porque reduce la contaminación ambiental con formas parasitarias. ESCCAP también recomienda prestar atención a la caza y al consumo de carne o vísceras crudas en los animales con riesgo de Toxocara y otros parásitos.

¿Hay más riesgo de parásitos intestinales en otoño?

No existe una regla veterinaria según la cual el otoño sea por sí mismo una época en la que todos los perros y gatos deban recibir una desparasitación extraordinaria.

Sí puede suceder que, después del verano, algunos animales hayan acumulado más situaciones de exposición: viajes, estancia en zonas rurales, caza, mayor tiempo en exteriores, contacto con otros animales o consumo accidental de agua o presas.

En esos casos el final del verano puede ser un buen momento para revisar con el veterinario el riesgo del animal, pero la decisión de realizar un análisis o administrar un tratamiento debe depender de ese riesgo y del protocolo preventivo que se esté siguiendo.

Cuándo acudir al veterinario

Un animal con diarrea o vómitos persistentes, sangre en las heces, pérdida de peso, abdomen muy distendido, palidez de mucosas, debilidad marcada o signos de deshidratación debe ser valorado por un veterinario.

La atención merece ser especialmente rápida cuando se trata de cachorros, gatitos, animales de edad avanzada o mascotas con otras enfermedades, porque pueden sufrir con mayor intensidad las consecuencias de determinados parásitos y de la pérdida de líquidos.

Incluso en ausencia de síntomas, el veterinario puede establecer una estrategia de desparasitación o controles coprológicos adaptada al riesgo real de cada animal, evitando tanto una protección insuficiente como tratamientos innecesarios.

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